SESIÓN #17
Introducción
A través del tiempo, el ser humano ha sentido la necesidad de contar hechos sucedidos o historias creadas por la imaginación, con el fin de entretener, divertir o transmitir las costumbres de épocas, comunidades o sociedades. La oralidad ha sido el recurso por excelencia para la transmisión generacional de las tradiciones narrativas en las diversas culturas. Con la invención de la escritura, ha sido posible la conservación de relatos, más allá de barreras temporales y espaciales. El modo discursivo narrativo está relacionado directamente con la historia, el transcurrir de eventos en el tiempo.
Narrar
Un orador o un escritor puede presentar la información a partir de sucesos o acontecimientos organizados temporalmente y causalmente conectados. De esta manera hacen uso de un modo discursivo: la narración. Narrar es relatar hechos reales o ficticios, donde el elemento temporal es la clave que permite su comprensión e interpretación. La historia es el eje central de la narración; los eventos de un relato transcurren, pasan, dependen de la temporalidad.
La finalidad del discurso narrativo es contar, relatar sucesos que pueden partir de la realidad, de creencias sociales, visiones del mundo o del pensamiento del ser humano. Contiene un hilo conductor que no se puede perder de vista. Por ello, lo más importante a la hora de narrar es tener en cuenta la coherencia de los hechos en la organización discursiva: así los acontecimientos narrados pertenezcan a la ficción, deben tratar de convencer al destinatario de que en verdad sucedieron, a lo mejor, en un momento de la historia diferente del actual.
En relación con el aprendizaje, algunos autores afirman que las historias son el fundamento de la mayoría del conocimiento que se adquiere, de la capacidad de la memoria y, en general, de la comprensión. Narrar es una manera de recuperar información; al asociar la experiencia propia con la de otros, se aprende, se comprende, se maneja la información.Elementos del discurso narrativo
En el discurso narrativo se presenta:
▪ El sujeto de la enunciación: quien narra, quien cuenta una historia. Hay narradores subjetivos, como protagonistas y testigos, que relatan en primera persona: “yo viví, yo presencié…”. También hay narradores objetivos, omniscientes, que saben todo lo que sucede en la historia; narran en tercera persona: “ella entró, el grupo salió…”.
▪ Los personajes: seres reales o ficticios que participan en los eventos narrados.
▪ Los acontecimientos: hechos o eventos que transcurren en el relato; acciones realizadas por los personajes.
▪ El espacio: lugar o escenario donde ocurre la acción narrada; también, ambiente, más sociológico, y entorno sociocultural.
▪ La organización o el plan: en toda narración hay planteamiento o presentación, desarrollo y desenlace, además del tema y del argumento o síntesis de la historia.
La gramática de los cuentos, por ejemplo, obedece a la siguiente estructura: introducción/ escenario; suceso inicial; respuesta interna; plan; intención/acción; consecuencia; reacción/conclusión final.
En narraciones cotidianas, estos aspectos han sido considerados como: resumen, orientación, desarrollo de la acción, evaluación y coda.
Características del discurso narrativo
Los aspectos relevantes del discurso narrativo están relacionados con:
▪ El tema. El asunto temático debe mantenerse a lo largo de la narración.
Cada enunciado debe contribuir a enriquecer la trama narrada, bien sea desde acciones mismas de la organización temporal, o también con aspectos descriptivos que ayuden a la comprensión del tema. Muchas veces, el tema se pierde porque se incluyen en la narración acciones que poco tienen que ver con él, son asuntos secundarios, irrelevantes; puede también desviarse con información extraña o incompleta; en otras ocasiones, se enuncia un aspecto y se deja incompleto. Todo ello puede ocasionar la falta de mantenimiento del tema. “¿Qué era lo que estaba contando?”.
▪ La organización secuencial de sucesos. El orden de los eventos en la historia de la narración debe presentar una organización temporal o lógica, que puede ser causal o lineal. En ausencia de esta secuenciación, es común omitir un evento relevante, por ejemplo. El autor puede trastocar la linealidad en la narración, pero la lógica y el encadenamiento de eventos deben ser claros para el destinatario: es éste quien debe reconstruir la historia narrada, la organización de lo contado.
El empleo de conectores temporales o palabras enlace relacionadas con el orden y el tiempo ayuda a organizar el discurso de manera lógica: antes, después, primero, luego, inmediatamente, mientras, al mismo tiempo, etc.
Una marca importante de organización secuencial es el uso de tiempos verbales acordes a los eventos narrados: descubrió, llevó, ganó; descubriría, llevaría, ganaría; descubre, lleva, gana. En la planeación y en la revisión del discurso es conveniente prestar atención a este tipo de concordancia gramatical.
▪ La coherencia. En la narración, cada elemento utilizado debe colaborar con el sentido total del relato. Así, si hay sucesos irrelevantes, repetitivos, información insuficiente, o carencia de alguna parte estructural, se pierde significatividad del uso de la narración: el destinatario no va a comprender su sentido.
▪ La reproducción del habla. En la narración pueden utilizarse palabras literales o textuales de los personajes, a más de las del narrador. El uso de unas u otras se conoce como uso del diálogo en estilo directo o en estilo indirecto.
En el estilo directo, el narrador pone a hablar a un personaje, se reproducen formas orales en forma de guión, se identifica al personaje y sus enunciados se ponen entre comillas. Ejemplo: Laura murmuró: “claro, como el papel aguanta todo”.
En el estilo indirecto, el narrador cuenta lo que el personaje dice: murmurando,
Laura dijo que el papel lo aguantaba todo…
▪ La orientación al destinatario. Existen en el discurso aspectos que no se pueden perder de vista a la hora de brindar los datos necesarios para mejorar la comprensión discursiva. En este caso, la narración utiliza recursos descriptivos para ampliar detalles de los hechos que ocurren, para brindar información acerca de lugares, personas o circunstancias que determinan el curso de la historia, extender el tiempo de la narración o desacelerar el curso de la trama.
Clases de discurso narrativo
Hay dos tipos de narración:
▪ Fáctica o verídica: es la que cuenta sucesos reales. Ejemplos de ella son las crónicas, los reportajes, las biografías, las anécdotas, en los que se encuentra información que puede ser comprobada y que se ciñe completamente a la realidad.
▪ Ficticia o literaria: en ella se cuentan sucesos imaginarios, que a veces toman algunos elementos de la realidad. Dependiendo de la intención del autor, es posible comprobar si realmente sucedió lo narrado. Los cuentos, mitos, fábulas, leyendas y novelas son ejemplos de narraciones literarias.
Fases del proceso narrativo
El discurso narrativo aparece frecuentemente en la conversación diaria; es un referente directo para la argumentación; es uno de los grandes géneros de la literatura. Contar y relatar son procesos directamente relacionados con la manera de expresarnos sobre el mundo.
La construcción del discurso narrativo exige la organización mental de secuencias de eventos concatenadas a partir de una temática específica, lo cual implica:
▪ Delimitar el tema. ¿Sobre qué se va a narrar?
▪ Tener un propósito o una intención específica por la cual se produce la narración.
▪ Tener clara la organización temporal del episodio. Si la narración no es espontánea, se debe esquematizar la secuencia, por ejemplo sobre una línea de tiempo, a modo de plan de narración.
▪ Elegir la perspectiva del narrador.
▪ Conocer los detalles espaciales y temporales importantes para el seguimiento de la historia.
▪ Establecer el orden lógico o causal de los acontecimientos.
▪ Determinar la situación interna del narrador en la historia.
▪ Escribir el argumento o sintetizar la trama.
▪ Organizar la estructura de la narración, aportando los detalles y el diálogo, de ser necesarios.
A continuación se presenta un texto que utiliza el discurso narrativo.
Tomado de: Arroyo, Miguel. El ABC de la conservación de obras de arte hechas en papel & cuento del papel, Caracas: Tabacalera Nacional, 1978, 44 p.
Cuento del papel
“De acuerdo con relatos antiguos y contemporáneos, el papel fue inventado en el año 105 de nuestra era por un inteligente eunuco chino llamado T’sai Lun. Enemigo de todas las formas del despilfarro y obsesionado por la idea de encontrarle utilidad a los retazos que quedaban de las telas empleadas para escribir, T’sai Lun tomó una buena porción de esos sobrantes, los humedeció, los batió hasta casi desintegrarlos, los sumergió en una cuba con agua y recogió la pasta que así había obtenido en cedazos de cáñamo o bambú preparados de antemano. Cuando el agua se hubo colado, lo que quedó en la superficie de sus cedazos fue una capa de fibras libremente entretejidas que, luego de ser prensadas y secadas, mostraron que podían mantenerse en cohesión. Otros relatos nos aseguran que no fue el ahorrativo T’sai Lun, sino un severo General de los Ejércitos del Emperador Ch’in Shih-Huang-Ti, el que ‘verdaderamente’ inventó el papel en los alrededores del año 206 antes de nuestra era. Para fortuna de escolares y de ‘scholars’, este General llevaba el fácilmente pronunciable nombre de Mong-Tien.
También pueden hallarse narraciones en las que T’sai Lun no aparece como eunuco –al menos no se le mencionaba como tal– sino como Ministro de Agricultura del Emperador Ho Ti, o como Alto Oficial del Gran Imperio, y otras en las que Mong-Tien inventa la brocha y no el papel.
Una parte de la responsabilidad por tan disímiles versiones corresponde al propio Emperador Ch’in Shih-Huang-Ti, pues fue él quien en el año 213 antes de Cristo ordenó que se quemasen los archivos imperiales y que se añadiesen a la pira los documentos y escritos dejados por Confucio. Quería –según lo dice Toynbee– oficializar la lengua, unificar el lenguaje y acabar con la confusión y el Confucionismo. Sin embargo la confusión ha subsistido, y en tal medida que llega uno a pensar que con un poco de paciencia y de determinación, no sería imposible encontrar un relato en el que Mong-Tien figurase como eunuco y T’sai Lun como General, pues según parece (y a ello podemos atribuirle otra parte de la responsabilidad) estos nombres, rangos, condiciones, brochas y papeles, han quedado confundidos –y mezclados– en la memoria de quienes a lo largo de los siglos han venido registrando –en papel– estos inolvidables sucesos. Mas, ante éstas y otras controversiales descripciones relativas a la historia del papel, el lector ya descorazonado –pero no resignado– por no encontrar la verdad, hará bien en preguntarse: ¿qué es una condición, un título o un nombre, para una invención tan memorable?
Podemos, pues, aceptar muchas versiones –y ficciones– sin que por ello invalidemos el hecho cierto (en esto sí coinciden todas las autoridades) de que en el año 105 de nuestra era se producía en China un bello y útil material (hecho con residuos de telas cortadas, mojadas, majadas, prensa das y puestas a secar) que tenía las características de eso que hoy llamamos papel. Habrían de transcurrir más de mil años antes de que el papel encontrase el camino hacia Occidente (los chinos hicieron lo imposible para impedirlo). Primero llegó a Corea, por el Este, y también a Japón; luego se devolvió hacia Samarcanda; allí, en el año 751 después de Cristo, dos prisioneros chinos ganaron su libertad dándoles a los árabes el conocimiento que tenían sobre cómo hacer papel. De Samarcanda inició su lenta peregrinación hacia el Oeste deteniéndose primeramente en Bagdad, donde el Califa Haroun Alrashid –el mismo que figura en ‘Las mil y una noches’– ordenó, en el año 795, que todos los documentos oficiales fuesen registrados en papel. De Bagdad pasó a Damasco, El Cairo y Marruecos. Pero mientras esto sucedía, ya otra generación de chinos (hay millones de ellas) había descubierto que podía hacerse papel con las fibras maceradas del bambú y, también, con la corteza triturada de la morera –la misma planta que durante siglos había servido de hogar y de alimento a los gusanos que producían los finos hilos de la seda–
Cuando en el año 1150 de nuestra era el papel y los modos de hacerlo pasaron de Marruecos a España, los europeos mantenían la costumbre – iniciada en Pérgamo en el siglo II antes de Cristo– de sacrificar corderos recién nacidos, terneros nonatos y cabritos en cierto modo imberbes, para con sus tiernas pieles –despojadas de todo pelo o vellón, y lijadas y pulidas hasta punto de brillo– hacer sus pergaminos. Y no faltaron, según dicen, caballeros –si es que así puede llamárseles– que utilizaron las empalidecidas y aún sudorosas pieles de sus adversarios para escribir en ellas sus cartas y mensajes.
El pergamino era ideal para la escritura a pluma, ya que tenía poca capacidad de absorción. En cambio el papel de los chinos tenía una fuerte capilaridad perfectamente adecuada para la escritura a pincel o brocha, que ellos empleaban, y absolutamente enloquecedora para los escribanos moros y cristianos, y para todos aquellos que iluminaban páginas o que debían escribirles cartas a sus Califas, a sus Reyes y a sus novias. Por ello, cuando los árabes instalaron en Valencia y en Toledo las primeras fábricas de papel que funcionaron en Europa, mantuvieron la práctica –iniciada posiblemente en Bagdad– de cubrir el papel con una liviana solución de almidón. El almidón no sólo hacía más fuerte el papel, sino que también reducía la capilaridad impidiendo, así, su más irritante y perturbadora consecuencia.
A comienzos del siglo XIII la técnica del papel pasó de España a Italia y allí, en las manufactureras de Fabriano, se descubrió que la gelatina podía sustituir ventajosamente al almidón en eso de reducir la capilaridad del papel. Este utilísimo descubrimiento habría de tener, sin embargo, consecuencias muy perjudiciales en la producción posterior del papel y en la duración y vida del mismo. Pues la gelatina, por ser hecha con cartílagos, cascos, cuernos y cueros de ganado, se descomponía con relativa facilidad, y al tratar los productores de papel de encontrar un medio que evitase o retardase la descomposición, cayeron –después de largas investigaciones– en el alumbre. Fue así como a partir del siglo XVII y hasta ya entrado nuestro siglo, no hubo gelatina para papel que no tuviese en su composición una buena cantidad de alumbre. Y el alumbre, como ya ustedes habrán sospechado, es buenísimo para impedir la putrefacción de la gelatina, pero para el papel es letal ya que lo acidifica y por ello reduce considerablemente su tiempo de vida.
Para el siglo XV la producción de papel estaba generalizada en Francia, Alemania, Suiza, los Países Bajos e Inglaterra. Y cuando Hernán Cortés llegó a México, en 1519, ya los mayas hacían, con la corteza del higo y con la de la morera, un papel que llamaban ‘huun’, y los aztecas, con las mismas plantas, hacían otro que llamaban ‘amatí’. Los españoles investigaron –sin mayor éxito– las atractivas posibilidades del ‘huun’ y del
‘amatí’ y en los alrededores de 1580 instalaron en Culhuacán (cerca de Ciudad de México) la primera fábrica de papel –no ‘huun’ ni ‘amatí’– que funcionó en América.
Cuando miramos al trasluz algunos de los papeles hechos con anterioridad al siglo XIX, notamos que sus superficies están surcadas por líneas opacas y por estrías traslúcidas que se alternan, horizontal y paralelamente, en una secuencia ininterrumpida. Además observamos que esas líneas horizontales están seccionadas, cada dos centímetros aproximadamente, por estrías verticales también traslúcidas. Todas esas líneas son como diagramas de fuerza producidos por las apretadas estructuras de alambre con las cuales los árabes y los europeos sustituyeron las varillas de bambú utilizadas por chinos, japoneses y coreanos para confeccionar sus moldes. Y es la menor acumulación de fibras en las zonas ocupadas por los alambres, lo que produce ese hermoso lineado.
También le debemos al mismo hecho la aparición –a partir del siglo XIII– de las ‘filigranas’ o ‘marcas de agua’ que, como perfiles de luz (Cruz Griega, Arco y Flecha, Yunque y Martillo, Rueda con Rayos, Gorro de Bufón...) podemos encontrar en algunos papeles antiguos y contemporáneos.
Pues cuando en las manufactureras de Fabriano sintieron que era necesario identificar sus productos, pensaron que un modo efectivo de hacerlo, sin inutilizar parte alguna del papel, podía ser ese de añadir a las tramas de los moldes una figura construida en alambre. Así lo hicieron y el procedimiento fue posteriormente adoptado por muchos de los fabricantes europeos.
Pero no en todos los papeles producidos antes del siglo XIX encontraremos las huellas del molde (ni las filigranas). También hallaremos algunos en los que –al igual que en la mayoría de los papeles fabricados en nuestro siglo– el traslucimiento es parejo o está apenas opacado por uno que otro grumo.
Estos papeles, llamados ‘vellum’ en Francia y ‘papel tejido’ en otros países, eran hechos en moldes de cedazos muy finos y de hilos entrecruzados. Por ello nos resulta casi imposible percibir sus huellas. Tampoco debemos pensar que sólo los papeles manufacturados antes del siglo XIX llevan la trama horizontal vertical a la que antes hicimos referencia: hoy, por procedimientos mecánicos y con rodillos metálicos especialmente preparados, se puede lograr, por presión, cualquier trama o filigrana que el productor considere deseable. Si quisiéramos tener una idea aproximada de cómo fue aumentando el consumo y los usos del papel en Europa, quizás nos bastaría con saber que a principios del siglo XVI únicamente en Alemania existían más de mil imprentas dedicadas a la producción de libros y que de las Fábulas de Esopo (el autor de mayor éxito editorial durante la segunda mitad del siglo XV) ya se habían publicado no menos de 123 ediciones.
También tendríamos que recordar que en el siglo XVI ya el papel era usado en documentos, correspondencia, cuadernos de estudio y de notas, registros civiles, mercantiles y eclesiásticos, envolturas, volantes, semanarios, partituras, dibujos, estampas, recibos, oraciones y cientos más de cosas. Por ello no nos sorprendemos cuando se nos dice que a finales del siglo XVIII ya no había suficiente trapo en el mundo para abastecer la demanda de la industria papelera, y que los productores caían en colapsos, económicos y mentales, por no encontrar trapo ni cosa alguna que lo sustituyera.
Un atribulado fabricante de Maine (Estados Unidos de América) llegó al extremo de casi provocar una epidemia de cólera en ese Estado porque se le ocurrió importar momias para utilizar sus vendajes en la producción de papel. La búsqueda de un sustituto para el trapo tomó un impulso extraordinario a principios del siglo XIX y debemos considerarnos afortunados de que así fuese, pues, a pesar de quienes dicen que ‘el cielo es cielo porque allí no hay papeles’, ¿que habríamos hecho ayer, y hoy, sin papel? Esa fue, según supongo, la pregunta que se hicieron los propietarios de ‘The Times’ de Londres, cuando en 1857 decidieron otorgar un premio de mil libras a cualquier persona –hembra o varón– que, sin usar trapos, produjese buen papel.
En 1715 el científico francés René Antoine Ferchault de Réaumur sugirió que la pulpa de la madera podía ser usada en la fabricación del papel. Esa idea le había venido a la mente al observar que ciertas avispas construían sus colmenas en un ‘papel’ que, a fin de cuentas, no era otra cosa que madera sabiamente transformada. Las deducciones de Ferchault de Réaumur tenían fundamento, pero los investigadores del siglo XVIII, lejos de prestarle atención, habían tomado otros caminos y metódicamente experimentaban con productos tan disímiles –al menos en apariencia– como ‘stippa tenacissima’ (que no es otra cosa que esparto) y yute; papas y asbesto; tusas de maíz y tallos de repollo; vástagos de lirios y varas de azucenas. En total ensayaron con no menos de cien utilísimos –o bellos– productos de la tierra, sin obtener el resultado que deseaban.
A todas éstas, los viejos procedimientos manuales de producción habían sido sustituidos gradualmente por procedimientos semimecánicos: en Holanda se había inventado en el siglo XVII una máquina (la Hollander) que cortaba y trituraba el trapo a gran velocidad, y en 1798 el francés Nicholás Louis Robert había fabricado la primera máquina de hacer papel (un crudo pero eficaz artefacto realizado casi totalmente en madera y con algunas partes de metal). En 1800 se dio a conocer el primer libro impreso – parcialmente– en papel hecho con pura pulpa de madera, pero la madera – como pronto pudieron darse cuenta los productores y los usuarios– tiene varios inconvenientes, pues, por una parte, sus fibras son cortas, lo que hace más débil el papel, y, por la otra, en su constitución hay una sustancia resinosa, difícil de eliminar, que colorea el papel con un tinte amarillento y que incluso puede pasarle su color a cualquier otro papel con el cual esté en contacto.
El ‘lignin’, que así se llama esa sustancia, no pudo ser eliminado pero se contrarrestaron sus efectos utilizando ácidos blanqueadores que le daban al papel el color blanco deseado. Todo habría andado bien si no se hubiese descubierto, al poco tiempo, que los ácidos sólo blanqueaban temporalmente al papel y además aceleraban en gran medida su deterioro.
Pero como en esta oportunidad se trataba de ‘tener o no tener’, a partir de 1867 la madera se impuso en la producción industrial del papel y ha seguido siendo, hasta ahora, el gran sustituto del trapo. A ella –o al lignin– le debemos ese color amarillento que toman los periódicos que con tanta solicitud hemos guardado, y a los ácidos blanqueadores esa quebradiza fragilidad que siempre nos atemoriza cuando tocamos un recorte viejo.
Lo dicho no significa que todos los papeles que hoy se producen sean hechos exclusivamente con madera; los hay también fabricados con distintas proporciones de trapo y madera, y existen manufactureros que, indiferentes al progreso industrial, siguen elaborando sus papeles con pura estraza y, a veces, por procedimientos manuales muy parecidos a los que emplearon T’sai Lun o Mong-Tien. Por lo demás, todos sabemos que los sistemas de producción han cambiado radicalmente y que los procedimientos semimecánicos han sido sustituidos por máquinas de procesamiento continuo que no descansan ni aun después de haber entregado grandes rollos de papel ya elaborado. Pero en términos generales, el papel así fabricado no es mejor ni más bello que el que manufacturan los artesanos. Esa es la razón por la cual los artistas siguen prefiriendo los papeles artesanales para sus obras y es, también, la que ha llevado a creadores como Rauschenberg y Juan Manuel de la Rosa a hacer sus propios papeles y a darles texturas y colores que son parte sustancial de la esencia misma de sus obras.
Al mirar esos papeles algo se agita en nuestra memoria y, con la intensidad de un mal presentimiento, nos asalta la sospecha de que toda la belleza y plenitud que poseen ha sido lograda con las mismas y ‘perversas’ hebras de repollo, fibras de yute, hilos de lirio y de lino, filamentos del maíz, briznas de esparto, estigmas de la flor del azafrán... que cautivaron a las azoradas mentes de los investigadores del XVIII y los llevaron a una decepción que hoy nos resulta injustificada. Pues –es justo decirlo ahora– si ellos fracasaron en su propósito de encontrar un material que permitiese la producción de papel en gran escala, no estaban equivocados al pensar que podía hacerse papel con las fibras de muchos de los vegetales que utilizaron en sus conmovedores experimentos. A los usos tradicionales del papel, cada siglo ha añadido sus propias exigencias y cada exigencia ha creado una variante hecha a la medida exacta de esa exigencia: piénsese en billetes y en falsificaciones de billetes, sombrillas y cometas, filtros y bombones, toallas y cigarrillos, pañales e impermeabilizaciones, pantallas y tapicerías, estampillas y ‘calcomanías de infracción’...
Esta incontable variedad de usos y de papeles es buena, pero también puede llevarnos a una confusión parecida a la que apreciamos en los rasgos de Armida, cuando fueron impresos en un papel bueno pero inadecuado. Mas, afortunadamente, el papel nos educa. Por ello hoy resulta difícil encontrar un estampador, un dibujante o un diseñador que no pueda – con sólo mirar la hoja que se le ofrece– determinar para qué uso es recomendable y cómo reaccionará ante cualquier técnica que se desee aplicarle.
Es posible que para el artista, el impresor, el hombre de negocios o el expendedor que hoy revisa las largas listas de nombres, calidades, calibres, marcas y colores de los distintos papeles, ellas sólo le signifiquen cualidades de un mismo material que así demuestra su versatilidad. No están equivocados. Pero si organizan esos nombres en su contexto: Papel de China... ‘Duque de T’sai’... Papel Japonés... Papel de Damasco... Papel de Játiva... ‘Laid Paper’... Papel Tejido... Papel de Arroz... Papel de Estraza... Papel de Trapo... Papel de Avena... Papel de Morera... Papel de Madera... Fabriano’... ‘Whatman’... ‘Arches’ ... ‘Van Gelder Zonen’ ...
‘Ingres’... ‘Strathmore’ ... ‘Bond’... descubrirán que más que marcas, cualidades o denominaciones, esos nombres son señales que ha ido dejando el papel para que su historia no se enrede o extravíe demasiado.
Y si toma esos papeles en sus manos y los toca y los mira con detenimiento, es probable que sienta que el papel, más que una invención, es un milagro. Como tal podríamos considerarlo. Como tal debemos conservarlo. Fin”.
Bibliografía
González Rátiva, M. C. (2008). Expresión oral y escrita. Medellín: Universidad de Antioquia.
Géneros y subgéneros literarios
Tomado del curso de humanidades de nivel cero
SESIÓN #18
Introducción
De gran importancia para los procesos de comprensión y producción discursivas es tener en cuenta el propósito de la lectura o la escritura: informar, convencer o instruir, así como la clase de texto que se tiene o se quiere: un folleto, un artículo, un informe o un instructivo. Estos dos aspectos sin duda determinarán la esencia de la lectura y la escritura. Una vez se tenga claridad sobre ellos, el proceso será más productivo y eficiente. Las clases de párrafos conceptuales que se expondrán en este módulo son claves para el proceso lectoescritor. ¿Qué estructura me presenta el autor en lo que leo? ¿Qué estructura quiero presentar a mi lector en lo que escribo?
Párrafos conceptuales
Los párrafos que exponen o explican un concepto o tema se conocen como conceptuales o párrafos de contenido. Por ello, en un discurso escrito, es en ellos donde recae la fuerza informativa del discurso.
La información que se presente en un párrafo puede darse de varias maneras: a través de la descripción, la narración, la exposición, la argumentación (vea el capítulo 4), la ejemplificación, la definición, etc. En fin, existe un buen número de estrategias de desarrollo de conceptos o temas a través de la escritura de un párrafo.
Expondremos aquí algunos de los mecanismos que no hemos considerado en módulos o apartados anteriores, como ejemplo para tener en cuenta en la comprensión de la lectura, con el fin de extraer la estructura y la intención del autor, y de la misma manera, para la producción textual, a manera de estrategia de expresión escrita.
▪ A través de la ejemplificación
Se presenta una lista de elementos que dan cuenta de una temática inicial. Ejemplo:
Tomado de: Uribe Villegas, Óscar. Situaciones de multilingüismo en el mundo. México: UNAM, 1972, p. 50.
“Pero, si el hindí no está totalmente extendido, no han faltado esfuerzos para difundirlo. En el intento de difusión del hindí en la India, se han utilizado muchos procedimientos. Se han creado colegios para preparar maestros en hindí, para destinarlos a servir aquellas zonas en las que éste no se habla, y se han escrito manuales en hindí sobre varias materias: se han hecho cartas alfabéticas del idioma, se ha afinado la escritura devanagari y se la ha adoptado para que sirva en la escritura de otras lenguas; se han uniformado máquinas y teletipos para el hindí y se ha creado una taquigrafía para la lengua; se ha establecido un Directorado Central Hindí para la propagación y desarrollo de la lengua (el cual publica un órgano trimestral, Bhasa) y también se han hecho diccionarios multilingües y se han traducido y publicado obras extranjeras. Una Comisión para la Terminología Científica y Técnica ha hecho vocabularios especiales de artes y oficios y ha buscado normalizar ciertas terminologías técnicas. Al mismo tiempo, la Nagari Pracharini Sabha ha emprendido la elaboración de una enciclopedia”.
Bibliografía
González Rátiva, M. C. (2008). Expresión oral y escrita. Medellín: Universidad de Antioquia.





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